Varias veces repetimos en estos dos años y medio la frase que no falta en ningún libro de arquitectura contemporánea: "la arquitectura es la expresión espacial de la voluntad de una época". El Sin Comentarios de hoy refuerza la idea, ya que una imagen (o dos, o un contrapunto de imágenes) valen más que esas doce palabras. Editado por el arq. Martín Lisnovsky
Luego de 20 años de despotricar, ironizar, recomendar, criticar y discutir sobre la película basada en el disco TOMMY, la ópera rock de los WHO, me pareció apropiado que ya era hora de verla. Y así lo hice. La historia de un pequeño que presencia el asesinato de su padre la noche que vuelve “resucitado” de la guerra. Allí, su angustiosa madre y su amante lo obligan a quedar ciego, sordo y mudo -cosa que respeta a rajatabla-, lo cual indica el buen nivel de educación adquirido por el menor y un mejor clima familiar. Si Denzel Washington y Nicholas Cage ganaron un Oscar a pesar de no modificar la expresión de sus respectivos rostros en las 53 películas de cada uno, y si Bardem triunfó casi exclusivamente gracias a su peinado en “No Country for Old Men”, a Roger Daltrey (el amoroso Tommy) no solamente le tendrían que dar cinco Oscar Honorario sino que directamente deberían tallarle esa cara a la inexpresiva estatuilla. Solo por ver los primeros planos de “esa expresión” ya pagaron el precio del DVD, la bolsa de pochoclos, los puchos y las 4 cervezas que los están acompañando. ¿No les alcanza? entonces está el magistral Oliver Reed y su gracia chachachaesca quien demuestra un excelente olfato para los negocios mucho antes de sumergirse en el rubro de los gladiadores comprando por monedas a Russell Crowe. Una justa mezcla entre La Naranja Mecánica de Stanley Kubrik (1971, anterior), The Wall (Alan Parker, 1982) y Forrrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). Casi diríamos un 32% de cada una, el 4% restante lo pueden sacar de alguna biblia a mano. En el camino para recuperar la salud de nuestro héroe, nos encontraremos con (imaginen la siguiente lista con 35 años menos): el predicador de la Iglesia de Marilyn Monroe: Eric Clapton, la prostituta devenida en la Reina del Acido: Tina Turner, el campeón destronado de Pinball Analógico: Elton John y el doctor especialista que atiende (a Tommy y a su madre): Jack Nicholson…y gran elenco. Están obviamente los Who, como corresponde y el genial Keith Moon, salvaje como siempre, consigue un papel a su medida. Chicos, esas cosas no se hacen en las casas. Rápidamente, para terminar, imaginen que hay violencia Punk, gráfica Psicodelica, aires Hippies, coreografías musicales, mucho humor, un divertido merchandising y la soberbia e innovadora música que no alcanza a lucir mejor que en el disco original (The Who, Towwy, 1969). Una película de Culto, no se la pierdan, mucho menos si van a querer participar de un acharla entre amigos sobre el tema. No es bueno ser prejuicioso. Finalmente respondemos una de las preguntas que se hacen en la película, esperando no adelantarles nada más de la trama. La película -“¿Crees que está bien dejar al niño al cuidado de su Tío Ernie?” Nosotros- “Evidentemente, no” Tommy, 1975, dirigida por Ken Russell. Basada en una historia de Pete Townshend Editado por Martín Lisnovsky
"The full measure of this freedom Gothic Architecture did not gain until it was in the hands of the workmen of Europe, the gildsmen of the Free Cities, who on many a bloody field proved how dearly they valued their corporate life by the generous valour with which they risked their individual lives in its defence. But from the first, the tendency was towards this freedom of hand and mind subordinated to the co-operative harmony which made the freedom possible. That is the spirit of Gothic Architecture...." William Morris, November 1889 Delivered at a meeting sponsored by the Arts and Crafts Society, New Gallery, Regent St, London Seleccionado por el arq. Martín Lisnovsky
"Mientras que grandes y ricas urbes de todo el mundo sondean los límites de la arquitectura edificando gigantescos hoteles con formas fantásticas, erigiendo altísimos rascacielos para oficinas y construyendo templos filarmónicos que parecen flotar sobre el agua, Berlín quiere tener una montaña..." (del manifiesto) ¿Cómo no se nos ocurrió antes? ¿Para qué estar buscando un ícono urbano forzado para Madrid, San Pablo o México? En la delgada línea entre la vergüenza ajena y la caricatura, la propuesta de "construir" una Montaña en el centro de Berlín parece una consecuencia lógica de las ansiedades comerciales del turismo, los políticos y los arquitectos desconocidos. Si las imágenes de una vida en las alturas es parte de la identidad del pueblo alemán, debería ser una consecuencia posmoderna reproducir esas escenografías en solares desocupados. ¿Para qué disponer de bellezas naturales en diferentes regiones del país si se pueden ubicar en el centro de la principal urbe? En Buenos Aires podríamos construir unas cataratas similares a las del Iguazu en plenas Barrancas de Belgrano y enmarcando la avenida 9 de Julio dos bordes de Glaciares como el Perito Moreno. Así, mientras esperamos en un semáforo, podríamos vislumbrar el espectáculo del deshielo con el obelisco de fondo. O copiar la Montaña de 7 colores de Purmamarca en los bosques de Palermo, donde en vez lugar de dar 4 vueltas al lago tendríamos diversos circuitos para escalar mientras los patos son reemplazados por algún Cóndor. El problema es si se llena de favelas...Un Cambalache de imágenes y deseos, mas propios de la vida sobre el monitor que en la misma realidad. ¿Será una realidad? Mayor información en: www.the-berg.de Editado por el arq. Martín Lisnovsky
LA ARQUITECTURA DE LA CIVILIZACIÓN "Hace trescientos años —medio siglo arriba o abajo— se oyó una explosión cuya onda expansiva recorrió la Tierra, demoliendo antiguas sociedades y creando una sociedad totalmente nueva. Esta explosión fue, naturalmente, la revolución industrial. Y la gigantesca fuerza de impetuosa marea que desató sobre el mundo —la segunda ola— chocó con todas las instituciones del pasado y cambió la forma de vida de millones de personas. Durante los largos milenios en que la civilización de la primera ola ejerció su absoluta soberanía, la población del Planeta podría haberse dividido en dos categorías, los “primitivos” y los “civilizados”. Las llamadas sociedades primitivas, que vivían en pequeñas bandas y tribus y subsistían mediante la caza o la pesca, eran las que habían sido dejadas de lado por la revolución agrícola. Por el contrario, el mundo “civilizado” estaba constituido por aquella parte del Planeta en que la mayoría de la gente cultivaba el suelo. Pues dondequiera que surgió la agricultura, echó raíces la civilización. Desde China y la India hasta Benin y México, en Grecia y en Roma, las civilizaciones nacieron y murieron, lucharon y se fundieron en interminable y policroma mezcla. Pero por debajo de sus diferencias existían similitudes fundamentales. En todas ellas, la tierra era la base de la economía, la vida, la cultura, la estructura familiar y la política. En todas ellas prevaleció una sencilla división del trabajo y surgieron unas cuantas clases y castas perfectamente definidas: una nobleza, un sacerdocio, guerreros, ilotas, esclavos o siervos. En todas ellas el poder era rígidamente autoritario. En todas ellas, el nacimiento determinaba la posición de cada persona en la vida. Y en todas ellas la economía estaba descentralizada, de tal modo que cada comunidad producía casi todo cuanto necesitaba. Hubo excepciones... nada es simple en la Historia. Había culturas comerciales cuyos marineros cruzaban los mares, y reinos altamente centralizados, organizados en torno a gigantescos sistemas de riego. Pero, pese a tales diferencias, estamos justificados para considerar todas estas civilizaciones aparentemente distintas como casos especiales de un fenómeno único: la civilización agrícola, la civilización extendida por la primera ola. Durante su dominación se dieron ocasionales indicios de cosas futuras. En las antiguas Grecia y Roma existieron embrionarias factorías de producción en masa. Se extrajo petróleo en una de las islas griegas en el año 400 a. de J.C., y en Birmania, en el 100 de nuestra Era. Florecieron grandes burocracias en Babilonia y en Egipto. Surgieron extensas metrópolis urbanas en Asia y América del Sur. Había dinero e intercambios comerciales. Rutas comerciales surcaban los desiertos, los océanos y las montañas, desde Catay hasta Calais. Existían corporaciones y naciones incipientes. Existió incluso, en la antigua Alejandría, un sorprendente precursor de la máquina de vapor. Sin embargo, no hubo en ninguna parte nada que ni remotamente hubiera podido denominarse una civilización industrial. Estos atisbos del futuro, por así decirlo, fueron meras singularidades producidas aisladamente en la Historia, dispersas a lo largo de lugares y períodos distintos. Nunca se combinaron, ni hubieran podido combinarse, en un sistema coherente. Por tanto, hasta 1650-1750, podemos hablar de un mundo de la primera ola. Pese a los parches de primitivismo y a los indicios del futuro industrial, la civilización agrícola dominaba el Planeta y parecía destinada a dominarlo siempre. Este era el mundo en que estalló la revolución industrial, desencadenando la segunda ola y creando una extraña, poderosa y febrilmente enérgica contracivilización. El industrialismo era algo más que 18 chimeneas y cadenas de producción. Era un sistema social rico y multilateral que afectaba a todos los aspectos de la vida humana y combatía todas las características del pasado de la primera ola. Produjo la gran factoría Willow Run en las afueras de Detroit, pero puso también el tractor en la granja, la máquina de escribir en la oficina y el frigorífico en la cocina. Creó el periódico diario y el cine, el “Metro” y el “DC-3”. Nos dio el cubismo y la música dodecafónica. Nos dio los edificios de Bauhaus y las sillas de Barcelona, huelgas de brazos caídos, píldoras vitamínicas y una vida más larga. Universalizó el reloj de pulsera y la urna electoral. Más importante, unió todas estas cosas —las ensambló como una máquina— para formar el sistema social más poderoso, cohesivo y expansivo que el mundo había conocido jamás: la civilización de la segunda ola." Extracto de: Toffler, Alvin. La Tercera Ola. 1980 También recomendamos: Toffler, Alvin y Heidi. La Revolución de la Riqueza. 2006
Casi 30 años de uno de los libros indispensables para comprender la cultura en la cual vivimos. Casi 3 del libro que nos hizo tomar conciencia del potencial de nuestro tiempo. No hablan específicamente de Arquitectura, pero nos abren el abanico de interpretación de lo que culturalmente los arquitectos intentan diariamente. Sumamente Indispensables. Recomendados por el arq. Martín Lisnovsky
Páginas como Archdaily es lo que todos esperábamos cuando comprendimos que era la Red. Un lugar donde encontrarnos, desde nuestro alumno dando sus primeros pasos hasta los maestros que le intentábamos llevar de referencia. Desde cualquier lugar del planeta, a través de infinidades de caminos de diseños, gestos utópicos y soluciones concretas al presente. Todos son libres de criticar y de ingresar en una discusión sobre el tema planteado. Quizás falta una crítica mas completa, pero no está mal que por ahora ese trabajo más formal, como las investigaciones, estén reservadas a las revistas que pelean por reencontrar su lugar. Todos muestran su trabajo y con la más alta calidad gráfica. Un sueño para los que transcurrieron en la facultad antes de la explosión de la web. De tantas páginas que recorremos habitualmente, esta es una de nuestras preferidas. Hemos tomado mucha documentación de ella. Con este artículo intentamos felicitar a sus autores y desearle un mejor porvenir. Link: www.archdaily.com Editado por el arq. Martín Lisnovsky
En 1967, Félix Luna, un abogado argentino sobrino de un vicepresidente radical, con más alma de historiador que de abogado, con más pluma de poeta que de historiador, y con más sentimientos argentinos que tantos que abusan del nombre del país, fundó la revista "Todo es Historia". Por entonces, todo eso resultaba extraño: una revista de historia con tapas en color, como las publicaciones deportivas o de actualidad, una revista de historia que se vendía en los kioscos de diarios, una revista de historia que hablaba de cosas sencillas, de la vida cotidiana, y ese título tan raro que, en vez de decir que la historia era cosa de próceres, batallas y bronces... Era difícil imaginar cuánta filosofía había detrás, cuanta idea avanzadísima en materia historiográfica, cuanta riqueza provocativa para la introspección del país había en ese manifiesto periodístico inesperado. Por entonces, la historia, en la Argentina era cosa de doctores o de efemérides escolares, pero no era tema cotidiano.
La desconfianza inicial que esta iniciativa editorial suscitó en claustros universitarios, fue disipándose cuando rápidamente empezó a entenderse la travesura de nuestro historiador: hacer pensar a todos, justamente, que la historia no es sólo una parte de lo vivido, sino todo, dar una imagen más completa y no menor, suscitar reflexiones críticas no sólo sobre los hechos de la política o la economía del pasado, sino también sobre la vida de todos los días, sobre los hechos y las cosas de todos.
Félix Luna escribió sus libros de historia: algunos, muy originales, otros sobre temas inéditos, algunos polémicos, muchos, muy necesarios. Como historiador, habló con el lenguaje llano de un escritor comprensible para el común de la gente. Pero también se aventuró en la ficción literaria, a partir de la historia, a partir de la imaginación y mezclando ambas con ánimo juguetón. El abogado era también un folklorista y un amante enamoradísimo de la música del país, y sin simular imágenes ajenas a su personalidad polifacética, agregó al folklore argentino algunas composiciones que parecen hoy eternas: la "Misa Criolla", "Alfonsina y el mar", "Rosarito Vera, maestra", la "Gringa chaqueña" y muchas más, que en la voz de Mercedes Sosa y con el piano de Ariel Ramírez alegraron, acompañaron, invadieron de nostalgia e hicieron sentir que la Patria no era algo muerto sino vivo, a una sucesión de generaciones argentinas.
Al principio, las páginas de su revista contaron con una serie de colaboradores que luego dejaron de publicar. Después de muchos años, Félix Luna confesó que él mismo había hecho desaparecer a esos seudónimos en la medida en que fue logrando colaboradores reales. Desde entonces, las páginas de "Todo es Historia" se abrieron a autores de las más diversas latitudes argentinas, de muy diversas posturas políticas, historiográficas y culturales. Quien escribe estas líneas fue uno de los bendecidos por esa generosidad sin límites de un hombre bueno que profesó un también ilimitado amor sencillo por un país y que, pese a los cataclismos políticos de estas décadas, mantuvo siempre viva una idea de libertad, de paz y de unión nacional a través de las páginas de su revista.
Un buen día, los Académicos de la Historia reconocieron en el abogado inventor de la revista de los kioscos, a un par. Y "Falucho", como todos lo conocían en su ambiente poblado de afectos, habrá sonreído diciéndose para sí mismo: -ahora sí, todo es historia.
Esta mañana, Félix Luna dejó de acompañarnos con su mirada soñadora –tantas veces velada por las piruetas del humo que lo envolvía, fumador casi artístico para mal de su salud. Pero nos acompañó hasta sus altos 84 años y nos seguirá acompañando benévolamente desde sus páginas, desde un hermoso recuerdo que nos deja de una vida valiosa y desde el amor que siempre su hija Felicitas Luna nos contagió a todos.
Gustavo A. Brandariz Buenos Aires, 5 de noviembre de 2009.
"La sociedad industrial es urbana" dice Françoise Choay, quien así inicia su obra para referirse a las ideas que surgieron de las críticas y controversias que la misma ciudad industrial había generado y que fructificaron en la vorágine de propuestas nuevas surgidas a lo largo del siglo XIX en Europa
La revolución industrial ha significado básicamente cambios en los modos de producción y de transporte debido a los avances tecnológicos, lo que ha contribuido a la transformación experimentada por la ciudad. El surgimiento de la industria y el crecimiento de la actividad comercial constituyen las fuerzas motrices de la nueva ciudad del siglo XIX. La ciudad asume una fisonomía diferenciada a partir de la sectorización de estas nuevas funciones urbanas. El gran agente del capitalismo emergente fue el ferrocarril que posibilitaba los desplazamientos de la población hacia los grandes centros industriales y favorecía el transporte de los productos a comerciar. La acumulación de población urbana, se manifiesta primero como densificación, con el uso intensivo del suelo urbano y crecientes grados de hacinamiento. Con la saturación del espacio urbano, se inicia un proceso expansivo que termina por romper los modelos de la ciudad medieval y barroca. Maduran así las propuestas de apertura de vías de comunicación nuevas o adaptadas a los nuevos requerimientos, como también la necesidad de extender la ciudad más allá de las murallas, sin que medie ningún tipo de límite o contención. El siglo XIX se inicia en Europa con una fuerte crítica a la sociedad industrial en general y a las ciudades en particular: los problemas que en ellas se han ido suscitando, son el resultado de nuevas fuerzas en pugna tanto de orden económico, como social y político, que interactúan provocando el "caos arquitectónico" y la insalubridad tanto debido a la falta de higiene física cuanto moral. Positivismo y romanticismo coinciden en la necesidad de una evaluación de la ciudad desde la racionalidad progresista del ordenamiento geométrico hasta la actitud romántica de pretender la recuperación de ciertos valores perdidos tales como la relación de la ciudad con la naturaleza. La crítica a la degradación urbana fruto de la industrialización experimentada proviene de diversos sectores de la sociedad y se manifiesta a través del pensamiento de los socialistas utópicos, tales como Saint - Simon, Cabet, Fourier, Considérant, Owen, Ruskin, Morris, Pugin, Richardson, Marx o Engels, quienes proponen diferentes modelos de ciudades ideales. Con Cerdà aparece el concepto de urbanismo como una visión científica integral de la construcción de las ciudades, sustentada en los métodos de análisis cuantitativos como medios para explicar los hechos sociales y garantizar una propuesta que sea fundamentalmente realizable, alejándose de esta manera de la línea de los utópicos. Este análisis contempla aspectos diversos tales como lo técnico o constructivo propiamente dicho, lo administrativo, lo político, lo económico y lo legal. La Plata por su parte representa la utopía desde el contrasentido de la combinación del planteo de un modelo ideal a priori y el pragmatismo que implicaba su ejecución bajo las condiciones de inmediatez. Nace en medio de un proceso de cambios que acontecían en el país como consecuencia también de las transformaciones del sistema económico. Las características que asume este proceso están matizadas por la transculturación generada a partir de las constantes oleadas de inmigrantes que arribaron al país. De la misma manera, si bien los efectos de la revolución industrial no se habían hecho sentir en las ciudades argentinas de la misma manera que en Europa, sí había un conocimiento acerca de las teorías, utopías y obras que allí se daban y que intentaban dar respuesta a las nuevas necesidades que generaba la ciudad industrial. El mismo impulsor de la idea de fundar una ciudad nueva. Las nuevas ideas referidas a higiene y salubridad en lo que hace a la orientación más conveniente para el trazado y asoleamiento, a las obras de infraestructura destinadas al saneamiento de la población o las posibilidades de ensanche y crecimiento ya están contempladas en las instrumentaciones del Poder Ejecutivo para la confección de los planos. Texto seleccionado del trabajo de María Teresa Alarcón, Mgter. titulado "El Plan Cerdá para Barcelona y el Urbanismo Argentino del Siglo XIX" Le agradecemos al profesor Rodolfo Giunta el haber acercado el material al blog. Seleccionado por el arq. Martín Lisnovsky